En el complejo tablero de la geopolítica contemporánea, las palabras suelen utilizarse como espejismos para encubrir realidades de dominación. Recientemente, se ha intentado posicionar en la opinión pública la narrativa de una “normalización” o una supuesta etapa de “buenas relaciones” entre la administración de los Estados Unidos y la República Bolivariana de Venezuela.
Sin embargo, desde la perspectiva del Derecho Internacional y la doctrina de la soberanía nacional, debemos ser claros: la cooperación bajo coacción no es cooperación; es tutela imperial.
Resulta un ejercicio de cinismo diplomático que Washington, impulsado por sus propias crisis energéticas y la volatilidad del mercado global, gire la mirada hacia Venezuela solicitando suministros estables de petróleo y minerales estratégicos como el oro.
La estrategia es precisa: Estados Unidos desea los recursos venezolanos para sostener su hegemonía económica, pero se niega a retirar el aparato de Medidas Coercitivas Unilaterales (MCU) que asfixia a nuestra población. El modelo estadounidense de “licencias” otorgadas por la OFAC es la antítesis de la soberanía. Estas licencias no son gestos de buena voluntad; son permisos coloniales que pretenden dictar con quién, cómo y cuándo puede comerciar “un Estado libre”.
La cooperación real se basa en el reconocimiento mutuo y la igualdad jurídica de los Estados. La cooperación tutelada que propone Washington es una actualización del monroísmo para el siglo XXI: “América para los americanos”, siempre que los recursos de los vecinos sirvan a sus intereses. En contraste con la diplomacia del chantaje, la relación de Venezuela con potencias como China y Rusia representa un cambio de paradigma hacia la multipolaridad. A diferencia del modelo de coloniaje, estas relaciones se han caracterizado por el respeto a la autodeterminación: Ni Moscú ni Pekín condicionan su intercambio comercial a cambios en el sistema político interno de Venezuela.
En los momentos más críticos de la agresión externa, estas potencias han servido de contrapeso necesario para burlar el cerco financiero, permitiendo que el Estado venezolano cumpla con sus obligaciones sociales. A diferencia de EE.UU, el eje euroasiático ofrece alianzas estratégicas de largo aliento basadas en la inversión real y el comercio justo.
La verdadera cooperación internacional debe ser “simétrica y respetuosa”. Cualquier intento de disfrazar la agresión económica por un “acercamiento diplomático”, cuando en realidad es una estrategia de asfixia controlada.
No puede existir una “buena relación” cuando una de las partes mantiene una pistola sobre la mesa de negociación.
Elaborado por: Oscar Bravo / 04.04.2026 / Foto Internet




