Freddy Bernal nunca se duerme antes de la 1:00 de la madrugada. Es de esas personas que parecen de inagotable energía, también de los que se arriesga por lo que cree justo. Dice que su vida no ha sido aburrida. Dedica 18 horas diarias al trabajo y es un político que al despertar asegura recordar las bendiciones que le han conducido en su camino. No tiene miedo de definirse como un hombre profundamente cristiano.
Cinco hijos parecen suficiente responsabilidad con el futuro como para tratar de aportar a la construcción de un mundo mejor, ese en el que cree con su esposa -su fortaleza de horas difíciles- como la define.
Escucharle hablar es entender que quizás hay dos Freddy: El joven rebelde que persiguió la Disip y el líder de ideas claras y vocación de servicio, el que aprendió a ser útil en la calle. Ambos permanecen allí, con una misión de trascendencia que se llama estado Táchira.
Es puntual y sin protocolos: Franela, pantalón y zapatos deportivos. De saludo cordial y familiar. De apretón de mano y abrazo efusivo.
Uno no sabe ni por dónde empezar porque Bernal es un venezolano que no solo conoce la historia, sino que es parte de ella. Es un ciudadano de esos que nacen predestinados y él nació para defender la patria. Sus 20 años de experiencia en la política es el reflejo de un apostolado de entrega por los demás.
A las 12:30 del mediodía en el despacho de Bernal aguardan varias personas de la tercera edad. Lo esperan para que les ayude. Allí hay un misticismo indiscutible. Un cuadro de Jesús está a medio colgar y la imagen de Hugo Chávez te da la bienvenida: «Lo conocí cuando yo tenía treinta años», refiere.
Dos días antes había estado entregando el plan que regirá su gobierno a partir del 21 de noviembre. Fue tajante: Acabaré con el paramilitarismo y convertiré a Táchira en el estado más próspero de Venezuela.
En su trayectoria está la lealtad a sus principios. Puso de ejemplo el trabajo como alcalde de Caracas, una ciudad que en su momento estaba arropada por la anarquía.
Su voz terca y audible a kilómetros construyó una mirada inconfundible sobre la Revolución Bolivariana y sus proezas. De risa franca y gestos propios de un comando de operaciones especiales. Bernal recuerda las más de cinco veces que estuvo preso por los gobiernos de Carlos Andrés Pérez y Rafael Caldera.
Y en esa tarde seca de Táchira, Freddy Bernal se regocija con la memoria, tal vez porque recordar es un estupendo placer de la inteligencia. Sobre todo, recordar a quienes han sido amigos incondicionales: «Nicolás y Cilia son líderes revolucionarios que siempre han estado en la primera línea de batalla. Cuántas veces nos escondimos en el Metro de Caracas para que no nos detuvieran los gobiernos de AD y Copei», rememora.
Guarda en su mente los momentos en los que dejó crecer su cabello y pintarse de rubio para pasar desapercibido.
«Cuando no estaba preso, era un perseguido», relata quién aprendió de Hugo Chávez a «oir la hierba crecer». Para Bernal la política no es un negocio, «es un estilo de vida al servicio de los más humildes», por eso dice que votar por él «significa darse la oportunidad para darle paso a un Táchira donde cabemos todos: Sin odio ni mezquindad. Es la hora de amar a nuestro estado».
Bernal salió de la cárcel, también de la clandestinidad y se entregó a la causa justa de cambiar todo lo mal hecho. En esa búsqueda volvió a la calle con Chávez de mentor: 27 de noviembre de 1992, siguió el «por ahora», combatió a los golpistas de 2002 y lideró la Batalla de los Puentes. La significación de estos hechos da cuenta de un hombre que ha vivido como piensa: Resuelto a entregar hasta su vida por un ideal. En palabras de una de las abuelas que es recibida en la oficina: Es un héroe.
Cuando habla de su mamá, papá o Chávez su voz pareciera secreta, casi apagado, como si hablara consigo mismo. También sucede cuando se refiere a su hermana recién fallecida por Covid-19. Guarda devoción por los seres queridos que ya no están. A ellos los llama «sus escoltas».
Y en palabras del escritor colombiano, Gabriel García Márquez de que «la vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla», Freddy se apresura a narrar lo que hace falta por hacer: «Lo que Dios y la Revolución indiquen».
En Táchira hay un pálpito. Una voz que retumba. Un rayo de luz en el camino. También existe una oportunidad, una oportunidad para el renacer de un estado que lo vale todo: Su gente y su cultura. Es el andar de un hombre que ama, que cree y lucha.
En Táchira está Freddy, el arriesgado de toda una vida. El hombre humilde y el venezolano ejemplar que lleva en su pecho el reconocimiento de todo un país: ¡Bravo Freddy!
En definitiva, Bernal merece a Táchira y Táchira merece a Freddy: Los tachirenses votarán por Freddy Bernal este 21 de noviembre porque ustedes «tienen con qué».
A la 1:30 de la tarde un ayudante avisa que debe salir. Freddy se levanta de la silla y se despide con un: ¡Hasta la victoria siempre!
Y vuelve a dar el abrazo militante. Ese es Freddy.
Elaborado por: Ramón Centeno / 05.11.2021
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